La niña marimacho que me habita

En esta entrada os presentamos un hermosísimo texto de Mar Maiques Díaz. Politóloga feminista, especialista en Cultura de Paz y Terapeuta Gestalt. Apasionada de la música y la fotografía. Nómada en intento constante por acercar y conectar ambas orillas del Atlántico… Entre Colombia y el Estado Español.

Os recomendamos, de manera muy especial, su lectura. Ya que cuenta de una forma muy sencilla las dificultades en los caminos cuando las personas no podemos /queremos abrazar una pretendida normalidad.

Qué bonita la niña marimacho y qué fuerza interior…

LA NIÑA MARIMACHO QUE ME HABITA

Hay una niña marimacho que me habita.

Pelo corto “a lo chico”, liso y negro, gafas redondas azules. No le hicieron agujeros en las orejas al nacer, así que nunca ha llevado pendientes. Tampoco faldas o vestidos. No le gustan, no van con ella, no se siente cómoda. Además, andan lejos de ser la mejor indumentaria posible para jugar al fútbol o al baloncesto, que es lo que hace todo el rato.

En el colegio concertado donde realizó toda su escolarización hay una norma que dice que, a partir de los ocho, hay que llevar uniforme. Cuando llega el momento, esa niña marimacho que me habita le informa a su madre que no se va a poner la falda del uniforme de chicas, que ni se la compre. Es un firme y rotundo “no” de ocho años. Una vez hablado en casa, el conflicto llega al director del colegio: “Eduardo, que Mar no quiere llevar el uniforme de chicas”. Y en una doble pirueta de aceptación, primero materna – paterna y luego directorial, el sistema adulto encuentra una forma de gestionar la crisis: “mientras lleve uniforme no hay problema, así que, que lleve el de chicos”. Y eso hace la niña marimacho que me habita desde los 8 hasta los 18 años: llevar el uniforme de chicos.

En el patio, mientras juega al baloncesto, hay días en que, desde la banda, varios muchachos mayores se meten con ella: “¡Oye, marimacho! ¿Tú eres chico o chica?”. Y se ríen. La niña marimacho que me habita hace como si nada, sigue jugando para ver si se cansan y se van. Cuando eso no funciona, sale corriendo, deja el partido y se retira a otro lugar del recinto. No habla con nadie. No tenemos claro, ni ella ni yo, si esto pasó muchas o pocas veces. Sí tenemos claro que fueron suficientes.

La niña marimacho que me habita evita los baños públicos, incluyendo los del colegio, siempre, siempre, siempre que puede. Tiene todo tipo de estrategias para evitar ese momento y, cuando no puede evitarlo, para hacer que dure lo menos posible. Lo importante, sobre todo, es conseguir NO esperar en la fila, pues es ahí donde empiezan, primero, las miradas dudosas e inquisitivas que pasan, luego, a cuchicheos y, si la fila no avanza, a comentarios en voz alta: “Este es el baño de chicas.” Es decir, “¿qué haces aquí? No es tu lugar. ¡Vete!”. La niña marimacho que me habita se pone roja, mira al suelo y, con poca voz, afirma: “soy una chica”. Sorpresa, azore y confusión tapadas con más risas. Ella y yo tenemos claro que esto ha pasado muchas veces.

La niña marimacho que me habita odia las peluquerías con todo su ser. No lo diría así, entonces, pero siente la presión asfixiante de ese espacio como una pequeña cámara de tortura de la feminidad normativa y heterosexual. Sí, he dicho tortura y tal vez sea exagerado. O tal vez no. “Pero ¿por qué tan corto? ¡Con lo guapa que eres! Así pareces un chico, mejor más largo… mejor con capas… mejor con flequillo… mejor con gomina… mejor…” Resiste los intentos de feminización como puede y, cuando vuelve a casa, va directa al baño a mirarse al espejo y con rabia y frustración intenta recolocárselo de forma que le guste, echándose agua. Obviamente, no lo consigue.

La niña marimacho que me habita no lo sabe en esos momentos pero, hacia los veintipocos, se hará rastas que le acompañarán dieciseis años, con el objetivo consciente de tener el pelo de una forma que no necesite peluquería (“ojalá nunca más”). Un amor, antes de irse, le ayudará a ver otro motivo inconsciente: “¿No será que mantienes las rastas para no llevar el pelo corto? ¿O para tenerlo largo de una forma no femenina?”. ¡Ouch! Pica como pican las verdades cuando hacen su entrada en escena.

Cuando la niña crece y se convierte en la joven marimacho que me habita, no encaja en el mundo amoroso juvenil heterosexual. Pasan los 13, los 14, los 15, los 16, los 17, los 18 años y nadie la elige, así que ella traduce que nadie la quiere. Es más, se queda con la idea de que ésto será permanente. No es hasta más tarde que se da cuenta de que ese “no le gusto a nadie” era, en realidad, “no le gusto a los chicos” y que, honestamente, tampoco a ella le gustaban ellos. La impronta emocional, sin embargo, ya estaba fijada. La lesbiana adulta que soy aún sufre las consecuencias de esas ideas en sus apegadas relaciones de pareja, convertidas en una supuesta tabla de salvación identitaria sin la que, aparentemente, no hay otra opción más que hundirse en la soledad y el destierro social. De nuevo, puede que exagere. O tal vez no.

La joven marimacho que me habita, la primera vez que se da cuenta de que la relación de intimidad y afecto que está teniendo con una chica no es “sólo de amigas”, se asusta tanto, le parece tan raro, que no sólo corta la comunicación con ella, sino que también borra ese momento y esa persona de su memoria (no es un borrado metafórico, les cuento, sino literal). Por suerte, tiempo y comienzo de aceptación propia después, los juegos de la memoria le traerán de vuelta todas aquellas sensaciones sepultadas y podrá vivir un excitante primer amor viajero e internacional.

Esa misma joven marimacho que me habita recuerda la primera vez que alguien, su amiga Sole, le preguntó de una forma de lo más normal si le gustaban las chicas, mientras caminaban por el asfalto de Madrid. Recuerda que no supo qué contestar. Recuerda también que nunca más olvidó esa pregunta ni, sobre todo, esa posibilidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s